¿Arte o entretenimiento?

Más allá de la pantalla

El reciente triunfador de los premios Goya, David Trueba, declaró en cierta ocasión: “Detesto a Steven Spielberg y creo que ha hecho un daño brutal al cine”; por su parte, el prestigioso cineasta Ingmar Bergman no tuvo reparos a la hora de elevar a John Ford a la categoría de “mejor director del mundo”. Estas dos frases ponen de manifiesto y son un ajustado resumen de los posicionamientos fundamentales en que se asientan la crítica y los profesionales del séptimo arte: el cineasta español sanciona el criterio que puede llamarse “europeísta” bajo el que se amparan los que confunden autoría con un alcance limitado en el disfrute del público, mientras que al maestro sueco no le duelen prendas a la hora de agradecer a su colega, uno de los nombres punteros de la cinematografía hollywoodiense, uno de los que dio carta de naturaleza a este medio y a la industria articulada en torno al mismo, los buenos ratos pasados en una sala, el amor que desde la pantalla le transmitió por el cine.

A Paco León le preguntaron si no le gustaría hacer una gran película que quedase en la historia.

Siendo Spielberg un claro y orgulloso heredero del clasicismo gozoso en que se encuadra la obra de John Ford y perteneciendo a la moribunda casta de directores que, sin distinciones de género, buscan el entretenimiento del espectador por encima de cualquier otra cosa, resulta cuando menos curioso que sea su nombre uno de los que provoca mayor desprecio entre los críticos y en una gran parte de ese público que volvió a llenar las salas en las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX y se reencontró con una forma imperecedera (por eso es clásica: porque mantiene su vigencia y efectividad) de narrar una historia.

La razón básica de semejante actitud frente a filmes que conectan poderosamente con el público (convirtiéndose incluso en su legado sentimental) puede hallarse en el ansia inherente al ser humano por diferenciarse de “otros”, tomando por tales a todos aquellos a los que se desea colocar en una posición inferior; así, crítica y profesionales se acomodan bajo el palio de una superioridad intelectual que ellos mismos se otorgan, mientras que muchos grupúsculos de los que integran ese ente conocido como “público” pecan del mismo engreimiento, luchando por diferenciarse de la masa, intentando distinguirse de aquellos con los que han estado (o siguen estando en su fuero interno) en inconfesable afinidad.

Rodaje de Carmina y Amén (©joseharo)

Momento del rodaje de Carmina y Amén (©joseharo)

Paco León triunfa en taquilla con Carmina y amén (ante las cifras alcanzadas tras su estreno–más de 50.000 espectadores, superando los 600.000 euros de recaudación-, aumentará el número de salas de toda España en que se exhibe), pero durante la promoción le preguntaron si no le gustaría hacer una gran película que quedase en la historia, ignorando que los considerados expertos glosan con entusiasmo su logro o como si lo comercial no fuese digno de permanecer más allá de su momento de eclosión (¿Qué hubiera sido entonces de Dickens, Galdós o Dumas? ¿Los artistas quieren ser Vincent Van Gogh y alcanzar los laureles cuando no pueden disfrutarlos? ¿No es tal aquel que busca llegar a la mayor audiencia posible?).

Por otro lado, Pedro Almodóvar carga contra los que no gustan de su cine y así lo publican, su círculo les llama “parásitos”, pero a la hora de la verdad se pirra por una crítica positiva y la busca, propicia, fuerza, como necesario marchamo de calidad, como si la taquilla no fuera suficiente (este mismo rodillo, con implicaciones comerciales y publicitarias, con intereses que condicionan la supuesta independencia del que analiza, con directrices muy marcadas desde los despachos, con presiones e incluso amenazas, se aplica mucho más de lo que el público llega a conocer y sólo a veces una voz independiente tiene la decencia de ponerle apellidos –y con uno es suficiente para saber quién es quién, no son necesarios ocho-). Pero, como suele decirse, el público es soberano y el valor final de una película, de cualquier manifestación artística, ha de venir dado por la vivencia íntima que cada persona tiene de la misma, con independencia de cuántos compartan esas sensaciones: el espejo ante el que debemos enfrentar una obra es el de nosotros mismos y sólo así venceremos la tentación de caer en la mediocridad de posturas que no hacen más que poner de manifiesto la petulancia ciega de los soberbios.

Óscar López y Pablo Vilaboy

Óscar López y Pablo Vilaboy

Más allá de la pantalla

Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

pablo vilaboy

Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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