De lo visible y lo invisible

“La magia es un puente que te permite ir

del mundo visible hacia el invisible

y aprender las lecciones de ambos mundos”

(Paulo Coelho)

 

En 2001, Woody Allen daba por inaugurado el nuevo siglo con uno de esos títulos de tibio recibimiento comercial y crítico que jalonan su sugestiva carrera, condenado por ello a un injusto ostracismo: La maldición del escorpión de jade, divertido y entrañable homenaje del prolífico pequeño gran genio de Brooklyn a las populares comedias sobre la guerra de sexos que tanto abundaron en la cinematografía estadounidense de la década de los cuarenta (s.XX). Moldeando la acostumbrada vivacidad inteligente de su escritura para la gran pantalla a los cánones de modelos fílmicos como Luna nueva (1940) o La mujer del año (1942), películas maestras dentro de la tradición del género cómico apuntado, Allen redondeó una obra rebosante de ingenio y romanticismo ácido constituyendo junto a esa brillante comediante que es Helen Hunt una de las parejas más divertidas que se hayan podido disfrutar delante de las cámaras. De correcta factura visual y juguetona interactuación actoral, La maldición del escorpión de jade equilibra perfectamente homenaje y reinvención, y su visionado supone un deleite para el amante del cine clásico hollywoodiense.

En los estertores de este 2014, Woody Allen ha presentado su esperada película anual: Magia a la luz de la luna tras el triunfo cosechado el pasado año con Blue Jasmine, la afilada pero insatisfactoria revisitación del director y guionista neoyorquino al universo lírico y voraz del Tennessee Williams de Un tranvía llamado Deseo, protagonizada por una portentosa y oscarizada Cate Blanchett. Con Magia a la luz de la luna, Woody Allen regresa al conocido territorio de la comedia homenaje al acervo clásico del Hollywood pretérito, convirtiendo a los integrantes de un reparto encabezado por Colin Firth y Emma Stone en habitantes del burbujeante mundo de las alegres producciones sofisticadas que tanto proliferaron durante los duros años treinta del siglo XX. Reverso luminoso y frívolo de la sombría y descorazonadora fábula sobre existencias humildes en los tiempos de la Gran Depresión que fue la maravillosa La rosa púrpura del Cairo (1985), el último film de Allen cristaliza en una opulencia plástica a la que en absoluto son ajenos la bellísima fotografía de Darius Khondji y el buen gusto de la planificación cinematográfica del realizador (en muchas ocasiones el donaire sagaz de sus guiones hace olvidar a muchos que es el director de filmes de acabado excepcional: Manhattan (1979), Días de radio (1987), Balas sobre Broadway (1994), por mencionar sólo tres títulos) que, no obstante, queda muy por debajo del resultado artístico de su película hermana La maldici1sheet_magia_a_la_luz_de_la_luna353x502_1ón del escorpión de jade.

Persiguiendo la estela de distinción de directores clásicos como Gregory La Cava, Ernst Lubitsch o Mitchell Leisen, el neoyorquino edifica una lujosa farsaromántica en la Riviera francesa de 1929 entre un descreído y fatuo caballero inglés y consumado mago sobre las tablas de los teatros (Colin Firth) -oculto en un disfraz que le hace pasar por oriental- y una pizpireta y encantadora joven estadounidense (Emma Stone) que se hace pasar por médium con el propósito de encandilar a las familias acaudaladas de la zona y conseguir un marido rico. Ambos están acompañados por una interesante galería de secundarios en la que sólo la veterana y espléndida Eileen Atkins consigue destacar, ante los meros y escasos trazos que conforman los cometidos a que se reduce la aparición de grandes actrices como Jacki Weaver o Marcia Gay Harden, integrados todos ellos en localizaciones exquisitas de la Provenza interactúan bajo las pautas de un guión poco inspirado que no saca ningún partido de la dinámica amorosa a la que apunta el lance sentimental generado por la atracción entre los polos opuestos que conforman la pareja protagonista. Magia a la luz de la luna se anquilosa durante gran parte de su metraje en un sencillo planteamiento argumental que promete unas situaciones chispeantes y una punzante guerra dialéctica que nunca llegan. Ni siquiera el recurrente conflicto filosófico del escepticismo espiritual con la fe en la trascendencia de la vida tras la muerte, tantas veces tratado por Woody Allen en sus filmes, consigue plasmarse aquí con el brío preciso. La vivencia de la película nos transmite una sensación general de inapetencia creativa y tiene, además, en el nulo carisma del notable Colin Firth uno de sus mayores lastres. Así como la grácil impostura de Emma Stone, en un personaje hecho a medida de roles cómicos que en su día bordaron actrices de la talla de Carole Lombard o Claudette Colbert, nos ofrenda una frescura interpretativa admirable dada la pobreza del material que ha de explotar, Firth no consigue siquiera llegar a las suelas de los zapatos de William Powell o Clark Gable, referentes inmediatos de su papel, a pesar de esforzarse denodadamente en ello. Los restantes componentes del reparto en poco o nada pueden contribuir a salvar un texto moribundo como el que da cuerpo a Magia a la luz de la luna.

En Alice (1990), otra de esas joyitas cinematográficas de Allen que al igual que La maldición del escorpión de jade pasó con más pena que gloria por los cines, el director neoyorquino hace decir a uno de sus personajes: “El amor es la emoción más compleja. Los seres humanos son imprevisibles. No hay lógica en sus emociones. Donde no hay lógica no hay pensamiento racional. Y donde no hay pensamiento racional puede haber mucho romance, pero mucho sufrimiento.” El mago protagonista de Magia a la luz de la luna termina doblegándose a la irracionalidad de amar a pesar del sufrimiento inherente al hecho de abrazar la procelosa intangibilidad de abandonarse en otro, valentía aprendida durante el recorrido en dos direcciones, entre lo visible y lo invisible, planteado en un film que, más que rendirse a la posibilidad de la magia verdadera, aboga por sofisticar un simple truco de feria en un vano intento de hechizar con la nada.

Óscar López y Pablo Vilaboy

Óscar López y Pablo Vilaboy

Cultura

Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

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Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

 

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Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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