El discreto contador de historias

Más allá de la pantalla

El discreto contador de historias

 

 

No tengo ningún interés en ser recordado como un gran director,

prefiero que me recuerden como un contador de historias”

(Richard Attenborough)

 

Hay personas ajenas a la genialidad que, instaladas en la contundente discreción de su arte, alcanzan una notabilidad perenne aposentada en la más absoluta devoción hacia la creatividad que alienta sus talantes. El actor, director y productor Lord Richard Attenborough no ha dejado tras su reciente muerte un legado de obras cinematográficas culminantes o interpretaciones maestras, pero muchos de los empeños artísticos en los que centró su voluntad laboriosa (con independencia del mayor o menor acierto del resultado final) cristalizaron en trabajos de solidez irrefutable, dignos de un general reconocimiento sustentado en la humilde perseverancia del polifacético lord inglés.

Antes de que Gandhi (1982), el monumental y más popular de los filmes que dirigió, arrasara en los Oscar y coronara de manera triunfal la tenacidad imbatible que acompañó su lucha a lo largo de veinte largos años para llevar a la gran pantalla la vida del líder hindú (porfía en la que invirtió todas las posesiones y capital que tenía), Attenborough asistió a un pase de esa joya cinematográfica llamada E.T, el extraterrestre (1982), su máxima competidora para ganar las principales estatuillas de la Academia de Hollywood de aquella temporada, y salió tan impresionado por la obra cumbre de Steven Spielberg que declaró con la franca modestia de los grandes: “E.T merece todos los premios del mundo. Es un ejemplo perfecto de concepción y planificación cinematográficas. Gandhi tan sólo tiene el mérito de ser un buen film narrativo.” Una década después, Spielberg le ofreció a su ya por entonces entrañable amigo Richard Attenborough el papel gracias al cual las generaciones de finales del siglo XX pusieron rostro a quien había sido hasta los años setenta uno de esos actores que sólo pueden surgir en Inglaterra, con una relevancia dramática sustentada en la mesura: el dueño del prehistórico parque temático de la taquillera y gozosamente lúdica Parque Jurásico (1993) y con ello vino a cerrarse un curioso círculo del que sólo puede ser hacedor el destino caprichoso que impera en el mundo del espectáculo (estuvo a punto de rechazar la propuesta al comprobar que se había eliminado la escena del libro en que su personaje es devorado por un dinosaurio: “Pero me convencieron al hablarme de la posibilidad de una segunda parte y prometerme que contarían conmigo”, confesó entre risas en una rueda de prensa en Madrid).

Lo innato de su modestia, tanto humana como profesional, se reflejó en la mayoría de los hitos de la carrera de Richard Attenborough

Lo innato de su modestia, tanto humana como profesional, así como la diligencia con la que desarrollaba las distintas gradaciones creativas a las que lo condujo una vocación artística preclara y temprana, se reflejó en la mayoría de los hitos de la carrera de Richard Attenborough. Como actor, destacó desde su debut cinematográfico de la mano de David Lean y Noel Coward en Sangre, sudor y lágrimas (1942), continuando a partir de entonces una trayectoria centrada generalmente en personajes secundarios que atesoraría éxitos personales como los logrados en Brighton Rock (1947), Estoy bien, Jack (1959),, La gran evasión (1963), El Yang-Tsé en llamas (1966), El extravagante doctor Dolittle (1967), sin olvidar su protagónico en El estrangulador de Rillington Place (1971), para muchos su cima interpretativa; apuntemos en este apartado que Attenborough formó parte del elenco original del más longevo montaje teatral de la escena londinense: La ratonera de Agatha Christie, que cumplirá 62 años ininterrumpidos en cartel el próximo 6 de octubre.

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Las inquietudes artísticas de este concienzudo lord inglés lo condujeron a crear, junto a Bryan Forbes, la productora cinematográfica Beaver Films con el propósito de contribuir en algo a la renovación del cine inglés de la década de los sesenta. De esta alianza profesional surgieron estimables títulos tales como Objetivo: banco de Inglaterra (1960), Amargo silencio (1960) y el clásico Cuando el viento silba (1961).

El discreto anhelo de Attenborough por dar forma audiovisual a historias que le apetecía narrar para la gran pantalla se materializó, después de denodados esfuerzos, en su ópera prima como director: ¡Oh, qué guerra tan bonita! (1969). A esta interesante sátira bélico-musical le seguirían películas como El joven Winston (1972), la multiestelar Un puente lejano (1977), una pintoresca incursión en el género del suspense como Magic (1978), la fallida adaptación del musical Chorus line (1985), el algo discursivo drama sobre el apartheid Grita libertad (1987), la un tanto complaciente Chaplin (1992), película biográfica sobre el mítico creador de Charlot, o la que sin duda perdurará como su obra cumbre en el corazón de los afortunados espectadores que tengan la fortuna de vivirla: Tierras de penumbra.

Resulta singular su querencia por aproximar al público personajes sobresalientes como Mahatma Gandhi, John Winston, Steve Biko o Archie “Búho Gris” –en la cinta homónima de 1999-, a los que retrata con un concienzudo y concienciado trazo en que prevalece la esencia, la persona, la humanidad, por encima del dibujo histórico de los estudiosos, hecho que le valió críticas bastante aceradas, pero que es del todo coherente con el propósito fundamental que guiaba su empeño: “El mundo necesita héroes, por eso me interesa darles voz en el cine”.

“El mundo necesita héroes, por eso me interesa darles voz en el cine”, Richard Attenborough

Sin embargo, fue en su aproximación íntima a nombres ilustres del mundo de la literatura y el cine (C.S. Lewis en Tierras de penumbra, el Ernest Hemingway de En el amor y en la guerra (1996) o Charles Chaplin) donde Attenborough se apartó del camino narrativo, seguro y neutro, que caracterizó su estilo cinematográfico para internarse en otras sendas más personales, aunque menos vistosas, que le hicieron crecer humildemente como director.

Basada en la emotiva obra teatral de William Nicholson (fundamentada en un guión televisivo homónimo del mismo autor, inspirado en el libro de C.S. Lewis Una pena en observación y en la crónica autobiográfica de Douglas Gresham Lenten Lands) Tierras de penumbra se centra en el trágico pero redentor devenir de la delicada y extraordinaria historia de amor que unió a la vivaz poetisa estadounidense Joy Gresham (madre de Douglas, antes citado) con el introvertido teólogo cristiano, escritor y profesor británico (padre literario de la célebre saga juvenil Las crónicas de Narnia) C.S. Lewis. Adaptada a la gran pantalla por el propio Nicholson, este biopic intimista y tristemente hermoso irrumpió en el panorama cinematográfico de principios de los noventa con la fuerza exquisita de una verdad sentimental hecha imágenes, y nos descubrió a Richard Attenborough como un cineasta capaz de alcanzar una insospechada clarividencia emocional a la hora de contar una historia que conectó de inmediato con su natural humilde. De semejante entendimiento emergió una preciada talla fílmica en la que los pequeños actos de heroicidad cotidiana se nos revelan como los de eco más trascendente en la gesta de la vida.

Cuando una de sus hijas (así como su marido y la hija de ambos) pereció en el tsunami que asoló el Sudeste asiático en 2004, el sentir que le hizo identificarse en su día con el carácter ponderado de C.S. Lewis debió guiar a Richard Attenborough hasta una de las perceptivas reflexiones del egregio pensador, sita precisamente en Una pena en observación, obra que escrita tras la muerte de Joy Gresham a causa de un cáncer de huesos: “Cuando la realidad hace añicos mis sueños lo que hago es desinflarme y gruñir mientras dura el primer golpe y luego me pongo a reunir otra vez los añicos y a tratar de pegarlos pacientemente”.

Hay una grandeza propia de aquellos seres humildes que jamás renuncian a la posibilidad de construir sus propios sueños, afán que termina por convertirlos en héroes discretos de su propia existencia, inapreciables para la Historia pero fundamentales en el cotidiano peregrinar humano que nos entrelaza a todos, y eventualmente en honestos narradores de historias como lo era Lord Richard Attenborough.

Óscar López y Pablo Vilaboy

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Más allá de la pantalla

Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

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Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

Fotografía: adactio via photopin cc

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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