Gonzalo Giner, la otra vida del novelista

cabecera entrevista Gonzalo Giner

 

Las vacas tienen cuatro estómagos. En el primero, el rumen, viven las bacterias que alimentan al animal. Si ellas están servidas y felices, la vaca tendrá energía, estará en su peso y, por tanto, dará leche suficiente después de cada parto. Y así un día y otro y otro… La rutina es el aval que garantiza una vaca equilibrada, sin estrés, que desemboca en un animal productivo. Les gusta ver siempre lo mismo, experimentar las mismas sensaciones, comprobar que a su alrededor no ha cambiado nada. “Yo les digo siempre a los ganaderos: ‘Si tienes que gritarla, hazlo siempre a la misma hora y con la misma intensidad’. Porque necesitan que sus días sean todos iguales”, comenta Gonzalo Giner medio en serio, medio en broma.

Trabaja con vacas desde hace veintiocho años, cuando comenzó en Asturias, la tierra de su familia materna. Allí hizo de todo. “Eran tiempos en los que la ganadería todavía no había evolucionado y los ganaderos tenían pocos animales, 8, 10… pero eran su vida. Y podían llamarte a las cuatro de la madrugada porque la vaca había tosido”, recuerda de sus primeros años en el oficio. Cuenta el novelista, antes solo veterinario, que llegó un momento en que aquella vida se le quedó corta, se dio cuenta de que estaba tocando techo porque “cuando haces 20 cesáreas, la siguiente es igual y ya no aprendes más”. Aunque la afirmación no deje de ser simbólica encerraba su auténtica necesidad de crecer como profesional porque en esas fincas pequeñas poco había para innovar. La productividad no les permitiría hacer grandes inversiones para adaptarse a los nuevos tiempos que estaban llegando y Giner esperó su momento para dar el salto y no estancarse en un trabajo que ya no iba a dar más de sí.

A los pocos años la empresa Purina se puso en contacto con él y le ofreció trabajo como una especie de nutricionista vacuno y desde entonces Gonzalo Giner se ha dedicado a seleccionar el mejor alimento para las vacas, al mejor precio posible para el ganadero.

dm. ¿En qué consiste elaborar la alimentación de estos animales?

Gonzalo Giner. Se divide en dos partes. Por un lado el forraje, que lo preparan los propios ganaderos, lo ensilan para mantener la hierba fresca durante todo el año, eso es el 40% de lo que comen. El resto es una mezcla de leguminosas, cereales, minerales y vitaminas que contienen todos los nutrientes que necesitan las bacterias del rumen. Yo lo que establezco es el porcentaje de cada uno de esos componentes para que la vaca produzca cada día 43 litros de leche, y que cada uno contenga cerca de kilo y medio de proteínas y otro tanto de grasa y lactosa.

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Un trabajo en constante observación porque, aunque no lo parezca, su apacible existencia está controlada, precisamente para procurarles la mayor rutina y que nada se salga de lo común. Hay robots que detectan cuántos pasos han dado, si están en celo están más inquietas y se mueven más. Eso le da pie al ganadero para saber cuándo es el mejor momento para la inseminación. El mismo robot detecta la temperatura del pezón por lo que pueden averiguar si tienen fiebre y esa leche se desecha automáticamente para evitar que entre en el proceso de producción cualquier componente que pudiera derivar en un problema alimentario para la población.

No todas las granjas cuentan con estas instalaciones, cada robot cuesta 120.000€ y atiende a un máximo de 50 animales al día. Son equipos muy sofisticados a los que las vacas entran de manera voluntaria, primero porque obtienen un premio (una porción de comida) y después “porque a ellas les produce placer que las ordeñen, es un reflejo hormonal -asegura Giner, en su faceta como veterinario- la liberación de la leche se produce gracias a la oxitocina y ellas se sienten bien. A veces hasta hacen cola para entrar”.

El día que se celebra la entrevista, visitamos dos vaquerías: la de Ángel de Miguel, en Guadalix de la Sierra y la de Victoriano del Río, en Miraflores (ambas poblaciones en la sierra madrileña). Ese día supervisará y cogerá muestras alimenticias de la alimentación de unas 300 vacas, entre ambas fincas.

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Gonzalo Giner recoge muestras en la vaquería de Ángel de Miguel (©Vallejo)

Sus días como veterinario discurren entre ganaderos, montañas de hierbas, cajones de terneros que chupan el dedo que se acerca (los más valientes, porque la vaca es un animal temeroso por naturaleza), prados y mucha carretera. Tiene clientes en Madrid, pero también en Segovia y en Salamanca. El resto del tiempo, está en contacto directo con fábricas de pienso y laboratorios a los que manda las muestras que coge periódicamente para comprobar que la alimentación es siempre la ideal. “Hoy, de la primera granja que vamos a visitar -cuenta al fotógrafo y a la entrevistadora que viajan con él en su Jeep todoterreno- tengo que llevarme una bolsa con hierbas a las que han añadido guisante. Hay que analizar el conjunto para acotar la ración del animal”. La bolsa resulta ser uno de esos guantes gigantes de plástico que usan los veterinarios para hacer inspecciones internas a las vacas, la hierba se desliza por los cinco dedos creando un extraño brazo vegetal que Gonzalo Giner anuda y guarda en su maletero. Con el resultado de los análisis, llamará a la fábrica de piensos y les dará los porcentajes exactos de maíz, soja y otros componentes para confeccionar el menú vacuno.

dm. ¿Cómo compagina su profesión de veterinario con la de escritor?

GG. Perfectamente porque no son compartimentos estanco, no lo pueden ser. Hay dos elementos que suelo meter en las novelas y que me influyen mucho de mi trabajo como veterinario: las descripciones de las relaciones entre animales y personas que vivo día a día. En “El sanador de caballos”, por ejemplo, describía cómo se siente una persona cuando ver parir a una yegua. Esas sensaciones las saco de mi propia experiencia. Y el segundo elemento es que los personajes principales de mis libros tienen una cosa en común: la capacidad de superación, el sacrificio personal y esa forma de ser lo saco de los ganaderos que conozco porque en el campo todo eso se vive día a día, la vida del campo no es fácil.

Efectivamente, los personajes de Giner no suelen llevar una vida cómoda, tienen que superarse a sí mismos porque no juegan con las mejores cartas de la baraja, pero juegan, y entre quite y quite sus protagonistas evolucionan. Con constancia, tesón y pundonor, sin traicionarse a sí mismos son capaces de analizar los caminos que tienen ante sí para tomar y se decantan por el más complejo que les procura, al final, más satisfacciones tanto personales como profesionales. Tienen un objetivo dentro de una existencia complicada y son capaces de motivarse y seguir adelante. Una fórmula que provoca empatía cuando el autor es capaz de presentarla de forma fluida, sin compostura. Y el resultado a la vista está, a Gonzalo Giner le siguen más de 600.000 lectores.

“Los personajes de Giner no tienen una vida cómoda, se superan a sí mismos porque no juegan con las mejores cartas de la baraja”

Algo parecido a la vida de un ganadero. Vuelve a hablar el veterinario: “La crisis afecta a la ganadería, pero de otra manera porque la leche no es un alimento que la gente deje de tomar… Es cierto que pueden haber bajado algo los precios, pero ellos están siempre en crisis. Nunca han tenido una época muy boyante, lo normal son dos años malos y uno bueno. Su problema es que el producto final tiene muy poco valor añadido y ahí juega, negativamente para ellos, el efecto de las grandes cadenas de alimentación que hacen las ofertas con alimentos de primera necesidad para poder vender otros más caros, y uno de ellos es la leche. El ganadero sigue cobrando el litro a cincuenta y pocas pesetas.

Ese término, pesetas, saldrá en la conversación varias veces. La entrevistadora tiene la sensación de que, inexplicablemente, su interlocutor ha tenido un lapsus, pero no. El mundo de la ganadería sigue hablando en pesetas, cuando habla de kilos o litros, solo en esos casos. Y lo hace porque los márgenes con los que trabajan son muy escasos. Tal vez, el seguir recurriendo a la antigua moneda nacional no empequeñezca aún más sus cifras y usen esa palabra de manera simbólica.

dm. Siempre ha dicho que no dejará la profesión de veterinario para ser solo escritor, ¿sigue pensando lo mismo?

GG. Sí, me costaría mucho dejar cualquiera de las dos cosas. Además mi trabajo es muy planificado y me viene muy bien para el mundo del libro. Aquí ya no hay urgencias y puedo organizarme mi horario.

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Gonzalo Giner es veterinario desde hace 28 años y novelista, hace una década. ©Vallejo

De esta manera, alterna una granja con una librería, el suelo de tierra con el de baldosas o madera y los ganaderos con los lectores. También alterna las vacas con los caballos, animales protagonistas de sus dos primeras novelas, y ahora con los perros. “Me gustan mucho las vacas y estudio siempre su comportamiento pero no se me ocurre un argumento con ellas. No tienen el glamour literario que necesita una novela -dice sonriendo- pero los caballos y los perros sí que tienen una cercanía al hombre, tienen una relación muy estrecha con las personas”.

dm. Pero por muy sencillas que sean algo sentirán, ¿no?

G.G. Tienen emociones muy simples: hambre, miedo, nerviosismo, estrés, felicidad, satisfacción… Hacia el ser humano que las atiende sí muestran agradecimiento pero porque necesitan una vida rutinaria para sentirse seguras y la tienen en las granjas. Cualquier cosa que se salga de ahí, les provoca estrés. Se elaboran muchos estudios para procurar que los animales tengan una vida lo más confortable posible y ellas te lo devuelven con su producción de leche. Por ejemplo, si les tienen que hacer algún tipo de prueba, como una ecografía o una inspección, hay que atarlas para poder trabajar mejor, ese día se sabe que darán menos leche porque se habrán puesto nerviosas. Incluso necesitan ver las mismas caras todos los días porque a nosotros ellas nos ven como depredadores.

El ser humano tiene una mirada más intimidatoria porque tiene los ojos en el frente y les asusta.

dm. Visitando tantas granjas y con tantos animales, habrá tenido algún percance alguna vez…

G.G. Cuando voy a una finca y no ves al ganadero, entras a buscarle. Sabes que hay perros aunque no les veas, pero una vez has cruzado la puerta y la has cerrado te salen de cualquier sitio varios perros que corren hacia ti. Al final acabas por no hacerles caso, no les miras en ese momento porque lo entenderían como un reto y sigues andando a tu ritmo. Tampoco puedes levantar las manos para que no crean que eres una amenaza y como mucho, alguno querrá jugar contigo y hará que te va a marcar. Si se ponen muy pesados les das una voz y no pasa nada.

El único perro que le ha mordido en su vida fue el teckel de unos amigos al ir a recoger a una de sus hijas. “Cuando entré en su parcela se vino hacia mí y me mordió un tobillo además de hacerme un siete en el pantalón que estrenaba ese día, por cierto. Me tuve que deshacer de él dándole una patada porque ya me estaba haciendo daño”.

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Merche Rodríguez

Estudié periodismo porque quería saber qué ocurría a mi alrededor. Y además, quería contar historias. Las que salen de la cabeza de un novelista, me encanta leer y escribir sobre lo que he leído, pero también las humanas, las que vemos todos los días de personas con las que nos cruzamos, conocidas y anónimas. Creo que los medios digitales no son el futuro, son el presente y han llegado para quedarse. He tenido grandes maestros y vivo en un estado de formación continua porque lo que me apasiona realmente es aprender. Si quieres saber algo más de mí, puedes averiguarlo aquí.

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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