Hay una estrella en la mirada

Más allá de la pantalla

Hay una estrella en la mirada

Lauren Bacall y Humphrey Bogart (photo credit: x-ray  delta one via photopin cc)

Lauren Bacall y Humphrey Bogart (photo credit: x-ray
delta one
via photopin cc)

“Ser una estrella no es una profesión, es un accidente”, remarcaba en cuanto tenía ocasión, con la famosa cadencia crepitante de su voz, Lauren Bacall (Betty en el círculo de sus íntimos y La Mirada para la gran legión de admiradores que la siguen idolatrando aún después de muerta).

Descubierta con tan sólo dieciocho años en la portada del Harper´s Bazaar por la segunda esposa de Howard Hawks, Bacall vio súbitamente cumplido su sueño de abandonar su alimenticio trabajo como modelo y dedicarse por completo a la interpretación. Gracias a la insistente mediación de la señora Hawks fue elegida por el versátil director de clásicos para protagonizar junto a Humphrey Bogart el que terminaría por convertirse en título mítico dentro de las filmografías de los principales implicados en el mismo: Tener y no tener (1944). El magnetismo revelado por la joven actriz ante la cámara, así como la química inmediata y candente que se dio entre ella y Bogart dentro y fuera de la pantalla, y la astuta habilidad con la que Howard Hawks sacó un provechoso partido cinematográfico de la debutante lograron que el bautismo hollywoodiense de Bacall se saldara con una fulminante entronización como nueva estrella del artificioso firmamento de la Meca del cine. A partir de entonces el devenir de su existencia no hizo más que cimentar el aliento mítico de la figura deslumbrante, al tiempo que quedaba reducida al papel de “señora de”, a mera comparsa de Bogart con quien compartió una sugestiva intimidad hasta el fallecimiento de éste en 1957: “Bogie, con su capacidad para amar, no anulándome nunca, ayudándome siempre a conservar mis valores en una ciudad donde eran muy escasos, obligándome a elevar mis normas (…) Y lo más importante de todo era no vender nunca tu alma, no perder la dignidad, ser auténtico. Él me dio una vida, y cambió mi vida”.

Aun existiendo entre ellos una diferencia de edad de más de veinte años (Humphrey tenía cuarenta y cinco años cuando se conocieron), el matrimonio de Betty y Bogie se convirtió en uno de los más sólidos del mundo del espectáculo, gracias en parte a la desatención de Bacall a todo lo concerniente a su incipiente carrera cinematográfica. “Puse mi carrera en un segundo plano durante mis dos matrimonios y sufrí. No lo lamento, hay que elegir. Si quieres ser independiente, adelante, pero no puedes tenerlo todo”.

Junto a Bogart, Lauren Bacall sumaría otras dos películas inscritas con letras de oro en la Historia del cine: El sueño eterno (1946),de nuevo dirigidos por Hawks, y Cayo Largo (1948) bajo la avezada batuta de John Huston, además de intervenir también como tándem estelar en la interesante La senda tenebrosa (1947). Sin embargo, aparte del desinterés palpable que la ya señora Bogart mostraba ante su presente profesional (que muchos miembros de la comunidad hollywoodiense tomaron más como desprecio hacia su gremio que como una opción íntima para establecer una armonía conyugal perdurable), ninguno de los títulos que rodó en solitario ayudó a dimensionar su imagen cinematográfica, rechazando guiones a los que estaba obligada por contrato, pagando por éste la penalización que le exigió Jack Warner, comprando su libertad y escapando del rígido sistema de estudios imperante. El lúdico experimento en Cinemascope que fue Cómo casarse con un millonario (1953), en el que era difícil no quedar solapada por la comicidad fervorosa de Marilyn Monroe, y el vivificante melodrama del maestro Sirk Escrito sobre el viento (1956), donde la ardorosa interpretación oscarizada de Dorothy Malone se llevó todos los laureles dramáticos, fueron los únicos filmes, junto a la regocijante Mi desconfiada esposa (1957) del enorme Vincente Minnelli, que funcionaron en taquilla, revelándose como fastuosa actriz en esta última película de Minnelli, rindiendo a crítica y público.

La actriz Lauren Bacall, igualmente bella en su madurez. ( photo credit: thefoxling via photopin cc)

La actriz Lauren Bacall, igualmente bella en su madurez. (
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La muerte de Humphrey hizo a Bacall detentadora perpetua del título de “viuda de Bogart” (aún durante su fracasado matrimonio con Jason Robarts), forzándola a ir tomando conciencia paulatinamente del sutil ostracismo al que había ido quedando reducida su posición profesional en la industria que la había saludado como estrella refulgente una década antes. Resulta sumamente curioso que aquella Betty vulnerable e insegura, convertida por obra y gracia del destino en Lauren Bacall, nunca dejó de clamar en entrevistas y en su autobiografía Por mí misma lo mucho que le costó valorarse como persona y lo muy alejada que estaba su forma de ser de la glamurosa sagacidad de fémina fuerte que mostró con harta frecuencia en la gran pantalla y sobre las tablas. Así lo aseveraba en sus memorias: “He aprendido que soy una persona valiosa. Cometí errores, muchísimos errores. Y cometeré aún más. Grandes. Pero los estoy pagando y son sólo míos. Lo que no era verdad en la versión que Howard Hawks dio de mí, sigue sin ser verdad actualmente. Soy aún tan vulnerable, romántica e idealista como a los quince años, sentada en un cine mirando a Bette Davis, sintiéndome Bette Davis.” No obstante esta confesión, resulta innegable que algo de razón tenía Howard Hawks cuando, un tanto cruelmente, apuntó acerca de Bacall: “Humphrey se enamoró de aquella seductora mujer de mundo de Tener y no tener, y ella se vio obligada a interpretar ese rol el resto de su vida”.

Tras alejarse de la Meca del cine, Bacall halló en los escenarios de Broadway una libertad interpretativa inimaginable en Hollywood, y fue en el microcosmos teatral donde pudo aderezar su impronta mítica con una ductilidad actoral saludada con dos Tony por Applause (versión musical de Eva al desnudo (1950), heredando el papel de Margo Chaning que su admirada Bette Davis había convertido en legendario) y La mujer del año (adaptación musical del film homónimo protagonizado por sus grandes amigos Spencer Tracy y Katharine Hepburn). En la costa californiana, sin embargo, miraron hacia otro lado sin valorar con el suficiente merecimiento algunas de las pocas oportunidades cinematográficas de las que gozó en los setenta: su lucida y muy sabia intervención en la multiestelar Asesinato en el Orient Express (1974) o su sensible labor en El último pistolero (1976).

La leyenda viviente que fue Lauren Bacall en su edad madura terminó de forjar una personalidad apabullante que, de un modo u otro y salvo raras excepciones, siempre solapó sus interpretaciones, dicho sea sin menoscabo alguno de su figura (Marlene Dietrich o Greta Garbo podrían ser otros ejemplos traídos a colación). Es por ello que, sin entrar en consideraciones de lo que se ha galardonado o no en otras ocasiones con menos merecimientos o del resentimiento que su persona aún generaba entre muchos de sus colegas de Hollywood, la polémica que rodeó la no concesión de un Oscar a la mejor actriz secundaria como resultado de la única nominación que recibió, más por la rotundidad mítica de su presencia que por méritos actorales, en la decepcionante El amor tiene dos caras (1996), aun siendo esperable no fue del todo lógica. Dejando aparte la dolorosa composición de Juliette Binoche en El paciente inglés, verdadero corazón dramático del maravilloso film de Minghella, que fue quien le “robó” la estatuilla dorada a Bacall (a la que nombró, saludó y homenajeó al recoger el galardón), en esa edición de los Oscar completaban la terna de nominadas en su categoría la entregada Joan Allen de El crisol, una Barbara Hershey en el papel de su vida en Retrato de una dama y Marianne Jean-Baptiste, delicada hondura en Secretos y mentiras. Ciertamente, ninguna de ellas es poseedora del aura que distingue a la leyenda de la viuda de Bogart, pero cualquiera era justa ganadora de un premio que reconoce la valía de una interpretación.

La inmortalidad artística de Lauren Bacall pertenece a un Olimpo cada día más y más lejano. En él, el altar erigido hacia su persona se eleva por encima del quebradizo mundo interior de una mujer adorada en su poderosa fragilidad resolutiva: “Yo solía temblar tanto por culpa de los nervios, que la única manera de mantener mi cabeza erguida era bajar la barbilla hasta el pecho y mirar a Bogie. Ese fue el nacimiento de “La Mirada”.

Óscar López y Pablo Vilaboy

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Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

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Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

Imagen destacada photo credit: Lily Dare via photopin cc

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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