Humillados y ofendidos

Más allá de la pantalla

Humillados y ofendidos

 

 

“El hombre que se levanta

es aún más grande que el que no ha caído.”

(Concepción Arenal)

 

Tras pasar dos meses de baja por depresión, Sandra (Marion Cotillard), una joven y humilde madre de dos hijos, casada con un hombre que la comprende y la quiere, regresa a su puesto de trabajo en una factoría para descubrir que ha sido despedida por mor de una malévola táctica empresarial que ha puesto a sus compañeros en el brete de elegir mediante votación si cobrarán las primas ganadas durante el año a cambio de echar a Sandra o si por el contrario aceptan renunciar a tal cobro y que ella se mantenga en el trabajo. Unas irregularidades en el proceso de voto y cierta mala conciencia del máximo directivo de la empresa proporcionan a esta épica heroína cotidiana la oportunidad de que su angustiosa situación laboral sea puesta nuevamente en el filo de la navaja del criterio de sus compañeros al dar aquel la plena conformidad para que se repita ese viciado sufragio laboral. A partir de entonces, Sandra dispondrá de dos días y una noche para intentar convencer a algunos de aquellos colegas que han votado en su contra de que rehúsen percibir las primas correspondientes, permitiéndole así conservar su puesto en la factoría.

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Un punto de partida de actualidad tan cadente y poderoso potencial dramático como el de Dos días, una noche, último film de dos de los directores europeos más encumbrados por la crítica de las últimas décadas, los hermanos Dardenne, podría haber visto comprometida la obligada honestidad político-social que demandaba el certero y no manipulador análisis humano de su planteamiento argumental en aras de conseguir una adhesión facilona del público. Sin embargo, los directores belgas, artífices también del acerado guión de la película, eluden toda demagogia discursiva y sentimental que hubiera viciado la emoción naturalista pretendida, confiriendo una verdad inapelable a cada uno de los fotogramas de su excepcional film. Compuesto por obras con un fuerte componente sociológico repetidamente reconocidas en ese festival de festivales cinematográficos que se celebra anualmente en Cannes, el cine de los Dardenne bascula siempre entre la contundencia de su desnudez expositiva y una clara vanidad autoral en la composición final de gran parte de las secuencias que integran los organismos visuales de las películas que han dirigido. En Dos días, una noche sorprende la carencia absoluta de ínfulas creativas con la que sus directores nos arrastran hasta el mismo corazón del caos emocional que amenaza con disgregar el equilibrio precario existente en el humilde microcosmos vital que Sandra habita. Hay en el desarrollo de la trama de este film delicadamente inmisericorde una preeminencia del pudor en el tratamiento dado a la mayoría de los personajes que por ella pululan, y de su heroína en particular, donde no tienen cabida ni maniqueísmos ni desde luego artificios plásticos disfrazados de cinema verité.

christine_plenus_2_8122 - copiaLos hermanos Dardenne hacen así honor a un guión propio en el que prima la comprensión de las miniaturas humanas que el argumento deja expuestas sobre la parcialidad en la que podrían haber caído al centrar la visión social del film en el vía crucis al que debe arrojarse Sandra para contribuir económicamente a la supervivencia de su familia. La inteligencia de la historia ideada radica en el despliegue de un abanico de grisuras existenciales en las que, al igual que su infausta protagonista, también malviven los otros trabajadores de la factoría. Es precisamente en la duplicidad de entendimiento humano al que nos abocan los directores belgas, forzándonos a afrontar el lógico calvario de Sandra por un lado y el empático egoísmo de sus compañeros de trabajo por otro, donde la película juega una de sus bazas más arriesgadas, saliendo plenamente triunfante: porque al igual que sentimos y padecemos el desespero de Sandra como propio, también se nos ofrece la oportunidad de asomarnos a las deprimidas cotidianidades de aquellas personas que han de ser convencidas de renunciar a una prima que realmente necesitan, haciéndonos con ello tolerantes a muchas de las negativas que va recibiendo en su angustioso periplo de fin de semana.

Si en gran parte de las películas que ha protagonizado resulta imposible imaginar a otra actriz que no sea ella encarnando a sus protagonistas, en Dos días, una noche llega a ser hasta tal punto inconcebible, que la presencia prevalente de Marion Cotillard en cada uno de sus fotogramas se constituye en puro aliento de vida para el film. La camaleónica exquisitez dramática con la que la intérprete gala se diluye en la misma esencia del personaje, consigue en el film de los Dardenne otra de las numerosas cimas actorales que jalonan su trayectoria profesional, equiparable a la vivencia descarnada con la que nos deslumbró encarnando su oscarizado rol de Edith Piaf en La vida en rosa (2007) o a la transfiguración en una suerte de Lillian Gish que sublimó en El sueño de Ellis (2013). Es tal la maestría mostrada por Cotillard al anegarse en el quebranto y el desvalimiento de Sandra que diríase que la actriz no interpreta, sino que es el personaje, lo cual dicho sea de paso sería minusvalorar su colosal talento dramático: la fragilidad de su caminar en la gran pantalla, la manera en la que matiza sus miradas temerosas de y sus implosivos ataques de pánico, o el modo en que logra azotar la conciencia del espectador transmitiendo dolorosamente la humillación que ha de padecer la protagonista al ir casa por casa a mendigar algo de comprensión para sus circunstancias, convierten la vaporosa y sufriente labor de Marion Cotillard en Dos días, una noche en una auténtica master class del proceloso arte de la interpretación.

Con independencia del resultado final alcanzado en la segunda votación, en el término del vía crucis emprendido por Sandra al comienzo de la película queda fundamentada la grandeza de la dignidad de un ser humilde que, con la cabeza bien alta y paso firme, puede hacer suyas aquellas palabras de Abraham Lincoln: “Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de sí mismo.”

Óscar López y Pablo Vilaboy

Óscar López y Pablo Vilaboy

Más allá de la pantalla

Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

pablo vilaboy

Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

Imágenes vía Wanda

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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