La casa de la alegría

Más allá de la pantalla

La casa de la alegría

 

“El corazón de los sabios habita la casa del duelo,

pero el de los locos habita la casa de la alegría”

(Eclesiastés, 7:4)

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El fallecido actor en una de sus películas póstumas, Boulevard, que se estrenará el próximo año (© DP Chung Hoon Chung. Image.net)

La abrupta noticia del suicidio de Robin Williams, al margen de preferencias y admiraciones de cada uno, fue un jarro de agua helada para quienes fuimos testigos de su auge artístico y, posteriormente, del declive de una carrera hecha a dentelladas de comedia desaforada y sorprendentes registros de dramatismo sutil, habitando en tan reveladora mala nueva un inusitado germen de comprensión hacia el ser humano desfigurado por la máscara de su popularidad actoral, que muchos nos hallamos dispuestos a recoger con un rendido primor afectivo.

Como consumado histrión cómico, Robin Williams despertaba tantas adhesiones como rechazos a su enloquecedor modo de buscar a toda costa la carcajada en el público. Desde la popular creación que hizo de Mork, un estrambótico alienígena de visita en la Tierra, nacido en la serie de televisión Días felices (1978-79) y protagonista luego de un programa propio titulado Mork y Mindy (1978-82), pasando por la personificación que en 1980 hizo de Popeye en el fracasado film homónimo de Robert Altman y continuando con su manera desquiciada de meterse en el rol que le tocó en suerte en la desmesurada El rey pescador (1991) o los excesos interpretativos de Señora Doubtfire (1993), Una jaula de grillos (1996), Flubber y el profesor chiflado (1997), por poner sólo algunos ejemplos que jalonan su muy irregular trayectoria profesional, Williams fijó en el imaginario colectivo una imagen de payaso locuaz, irreverente, de gracia ofuscada y alma de Peter Pan (personaje que hizo pobremente suyo en la tediosa Hook (1991) de Steven Spielberg) que le dejó poco margen de maniobra para demostrar mayores honduras interpretativas.

A pesar de dejar una huella indeleble en toda una generación de espectadores dando vida al inspirador profesor de Literatura John Keating en la sabiamente emotiva El club de los poetas muertos (1989), y de robar a un gesticulante Robert de Niro todos los planos que compartían en Despertares (1990) haciendo gala de una admirable circunspección dramática, el hambre nunca lo suficientemente saciada del grueso de sus fervorosos seguidores fue demandando de Robin Williams una inmersión completa en la exacerbación de sus indudables facultades cómicas y este, comprobando los taquillazos de las comedias descerebradas en las que intervenía, se fue dejando llevar paulatinamente por un descontrol humorístico que terminó por aburrir hasta a sus fans más fieles (última prueba de ello fue el fracaso de The crazy ones, sitcom hecha a la medida de sus conocidos excesos que fue cancelada en mayo de este año por falta de audiencia, constituyendo un nuevo golpe para la maltrecha economía del actor, hundiéndole aún más en las hieles que intentaba ocultar a golpe de sempiterna sonrisa, la cual debió quedar aún más petrificada íntimamente cuando, hace escasas semanas, se le diagnosticó la enfermedad de Parkinson, noticia que hizo otra mella en el estado depresivo en que llevaba extraviado demasiado tiempo).

“Se fue dejando llevar paulatinamente por un descontrol humorístico que terminó por aburrir hasta a sus fans más fieles”

Tan sólo en dos ocasiones la particular forma exagerada de llegar a un personaje que tenía Robin Williams encajó a la perfección con las personalidades recreadas dando lugar a una sinergia interpretativa maestra: su explosiva y muy humana asunción del rol del locutor de radio Adrian Cronauer en Good morning, Vietnam (1987) y el mítico trabajo vocal con el que dio una jubilosa realidad al Genio del Aladdin (1992) de Disney.

Un Oscar al mejor actor secundario (una categoría en la que se agrupan muchos intérpretes de comedia que han hecho algún papel “serio” o protagonizan un film ligero bien recibido por crítica y público) llegó al poder de Robin Williams gracias a su estudiado cometido en la inane El indomable Will Hunting (1997), creación medida y sobria pero carente del alma que supo imprimir a otros personajes, déficit atribuible en gran medida al ramplón guión de la cinta (también galardonado por la Academia), pero ello no varió demasiado la visión general que se tenía de él como explosivo hacedor de la carcajada.

La distorsión popular que el histrionismo de Williams produjo en la mayoría de los espectadores, diluyeron la importancia de un trabajo tan sensible como el que afrontó victoriosamente en esa sugestiva rara avis cinematográfica que es El mundo según Garp (1982) e hizo que loables intentos por expandir el arco de sus posibilidades interpretativas encarnando personajes oscuros como los de Retratos de una obsesión (2002)o Insomnio (2002) no terminasen de cuajar en el espectador medio. Así, el actor fue tomando forzosamente conciencia de lo aprisionadora que había sido la idolatría de sus volubles seguidores, esos anónimos admiradores de cómicos con tendencias “bufonescas” cuyas risas sólo están aseguradas durante un finito ciclo de entusiasmo (algo sobre el tema podrían decir actores afines a Robin Williams –y con menos o nulo abanico de emociones en su paleta interpretativa- tales como Steve Martin, Billy Cristal o Jim Carrey).

Robin Williams representó la quintaesencia del arquetipo del payaso bajo cuya sonrisa pintarrajeada se esconde la mueca amarga del desaliento. El suyo fue un corazón sabio que habitó con frecuencia la casa del duelo. Sin embargo, dio tal dimensión a la locura al ofrendarse actoralmente que luego pocos fueron los que le permitieron abandonar la casa de aquella alegría inventada que proporcionaba a manos llenas.

Óscar López y Pablo Vilaboy

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Óscar López

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Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

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Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 

Fotografías: DP Chung Hoon Chung vía Image.net

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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