La vida a otra velocidad

María Jesús Olmos tiene una voz profunda y acompasada. Las prisas no van con ella. Desde hace una década, al menos, no. Antes de ese tiempo trabajaba en una agencia de viajes, vivía en Madrid y sufría la ciudad como el que más. Sus jornadas se hacían interminables y a los fines de semana parecía que alguien les robaba horas, solo trabajaba. Es la sensación que le queda de aquella época y lo cuenta como algo que parece muy lejano, como si hablara de otra persona.

hotel rural. emprendedores

María Jesús Olmos y su marido, Juan Morán, en uno de los rincones de Sendero del Agua.

En la actualidad,y desde hace años, el despertador para ella no existe. Su día empieza cuando se levanta, que suele ser temprano. Sigue atendiendo a clientes pero desde su casa rural en un pueblecito cántabro, San Vicente del Monte. Los edificios de los que vivía rodeada se han transformado en los árboles que conforman el bosque que se ubica dentro de su finca, el trasiego humano en el de los viajeros que recalan en Sendero del Agua buscando tranquilidad y los ciudadanos en los vecinos del pueblo con los que practica el trueque, reparto le llaman allí.

Hablamos por teléfono, a su vuelta de la piscina a la que acude para aliviar las tensiones musculares de la espalda, restos del estrés pasado. “Disculpa -dice nada más descolgar el teléfono- habíamos quedado en llamarnos antes pero acabo de llegar ahora. Qué desconsiderada soy -vuelve a disculparse- pero así es el ritmo aquí”. Envidio mentalmente esa laxitud temporal porque qué más da un minuto arriba o abajo si el mundo va a seguir girando a la misma velocidad.

Todavía no lo sé pero la conversación con ella será enriquecedora, llena de colores y matices que se cuelan en los fríos números de un negocio, en este caso hotelero y rural. Y la primera pregunta es casi inevitable: ¿Por qué cambiáis tu marido y tú la ciudad por el campo? Y la respuesta es lógicamente previsible: “Es una larga historia, éramos clientes de invierno de una casa rural de la zona, y siempre veníamos para acá. Y ocurrió lo típico, vas entablando amistades, empezamos a quejarnos de Madrid, porque no había fines de semana, solo trabajabas y estábamos agobiados. Juan (su marido) trabajaba en un colegio privado, había hecho un máster de Dirección de Centros Escolares pero cayó en desgracia y la cosa se complicó. Nos hartamos y nos preguntamos: ‘¿Así va a ser toda nuestra vida de aquí en adelante? ¡Vámonos al campo para tener tiempo libre!’. Y nos equivocamos del todo”, bromea porque allí se trabaja igual o más, solo que de manera diferente.

PREGUNTA.- Pero para poderse liar la manta a la cabeza y cambiar su vida por completo, uno tiene que tener un proyecto y recursos para poder llevarlo a cabo…

RESPUESTA.- Te soy sincera, la inversión fue una pasta: 300.000 euros. Nos entró la ventolera y empezamos a mirar casas y pueblos hasta que encontramos ésta, que era una casa de labor que no se utilizaba desde hacía 20 años con un terreno de 7 hectáreas. Nos costó muchísimo reconstruirla porque tuvimos que reconvertir las cuadras y los pajares y hacer un cambio de uso con un proyecto de Agroturismo en un momento en el que no se concedía ningún cambio. Teníamos 10 millones de pesetas, un piso en Madrid que hipotecamos y conseguí ayudas y subvenciones porque busqué en todos los lados habidos y por haber. Al final, gracias a fondos europeos nos subvencionaron a fondo perdido hasta el 40%, conseguimos otras ayudas de Agricultura, de Empleo… Si no te asustan los papeles, te mueves y lo consigues. -Hace una pausa para añadir-: A mí me daba igual, era mi proyecto y estaba dispuesta a sacarlo adelante; incluso había solicitado una entrevista con Revilla (el anterior presidente cántabro) y con San Dios si hubiera sido necesario.

Cuando uno vive en el campo se hacen o se dejan de hacer cosas por las lunas, por las fases lunares.

P.- De empleada a empresaria.

R.- Sí. Una cosa es trabajar en una agencia y otra, regentar un alojamiento rural… Yo pasé una angustia horrorosa porque siempre había tenido un sueldo y la sensación de vacío que tenía al principio me hacía preguntarme: ‘¿De qué vivo este mes?’ Todos los días era volver a empezar preguntándome de dónde sacaría a los clientes porque en la zona hay muchas casas rurales. Los primeros años nos desviaban gente porque nosotros abrimos con la crisis pero ya no podíamos hacer otra cosa y huimos hacia delante. No me digas cómo lo conseguimos pero… lo hicimos. Ya hemos superado la fase de inversión y ahora, aunque sigamos poniendo dinero, es para hacer un porche, plantar tales árboles… Y ya tenemos beneficio, que es mi sueldo porque mi marido trabaja fuera, es Dinamizador Turístico y Cultural en el Ayuntamiento.

P.- Hay algo diferente en vuestra vida, además del ritmo, que es el trueque. Como una vuelta a tiempos pasados, ¿es un tipo de relación económica?

R.- No tiene un objetivo económico. Aquí uno no se va a hacer rico -y ríe con una carcajada limpia y contagiosa- Yo me fío de todo el mundo, ¡no tengo ni datáfono! La gente se marcha y después me hace la transferencia por la estancia. No tenemos ese estrés de otros sitios, incluso aquí la crisis se vive amortiguada. Aquí hay mucho apoyo familiar, mucha solidaridad. Nosotros no hacemos trueque, solo intercambiamos. Yo te doy pero no a cambio de que me des otra cosa, simplemente se reparte. Tengo una amiga que vive cerca del mar y si, de repente, se encuentra con mucho pescado, viene y lo reparte.

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Ella trabajaba en una agencia de viajes y él, era profesor en un centro privado.

“Ayudar es lo normal y cada uno lo hace con lo que puede”

No sabe contestar si es una costumbre de la zona o si la crisis les empujó a compartir los unos con los otros. “Yo lo conozco desde que llevo aquí, no sé cuándo empezó, ni idea…” Ni siquiera le da importancia, es algo que se practica y no se cuestiona más. Pero ante mi silencio atronador que persigue la etiqueta, la clasificación de las cosas, amplía la explicación: “Te empeñas en llamarle trueque porque eres periodista. Recuerdo que en 2005, antes del verano, se me presentaban las vecinas y me daban cosas. Me llegó una a casa y me trajo unos filetes porque había matado una vaca y yo le dí las gracias. Me traían verduras, calabacines, lechugas y me decían: ‘Esto es un regalo, sí, para ti’. Y ella no daba nada a cambio. Tampoco lo esperaba su visitante, pero María Jesús lo desconocía entonces. Y continúa: “Cuando comenzamos a hacer sidra, les reservé, porque les encanta (se refiere a sus vecinos), el primer zumo que sale de la manzana y lo repartimos. Ayudar aquí es lo normal, y cada uno lo hace con lo que puede. Y eso que cada uno es mucho de su casa, son muy celosos de su intimidad pero a la hora de echarte una mano, todo el mundo se mueve muy rápido”.

P.- La adaptación es una de las claves del triunfo, ya no solo en la empresa sino en la vida en general, y vosotros os habéis mimetizado con el ambiente, ¿no?

R.- Ahora ya tenemos clientes fieles, estamos integrados aunque siempre seremos los madrileños -contesta con una sonrisa que se le adivina al otro lado del teléfono-. Los cántabros no se parecen ni a los vascos ni a los asturianos y aquí no puedes hacer mucho más que dedicarte o al campo o a la ganadería o al mar pero con un carácter castellano. Cuando vieron (vuelve a referirse a sus vecinos) que trabajábamos como todo el mundo, que nos tirábamos al suelo cuando había que hacerlo, cambió la perspectiva y creo que ahora están orgullosos de nosotros.

P.- ¿Cómo es un día a día tuyo?

R.- No tengo despertador pero me suelo levantar sobre las ocho o las ocho y media y como sé lo que tengo que hacer puedo prescindir del reloj. Sigo trabajando igual pero con otro ritmo y sin la presión de antes. El día a día de lo que depende es del tiempo. Si no llueve puedo hacer cosas fuera de la casa y también depende de la época del año. Ahora, (la entrevista la hacemos en diciembre) por ejemplo, vamos a empezar la poda. Tengo arándanos, manzanos de sidra y nogales. Un día de verano no tiene nada que ver con un día de invierno porque también influyen las horas de luz. Hemos vuelto a reencontrarnos con el santoral… -¿Qué quieres decir?, le pregunto- Un día viendo un programa de Pablo Motos, escuchamos que decían que no entendían qué papel jugaban las lunas. Cuando uno vive en el campo se hacen o se dejan de hacer cosas por las lunas, por las fases lunares, y los santos marcan el proceso. Ahora, hace poco, ha sido San Martín que es cuando se plantan los ajos y de ahí el refrán que dice: ‘ Ajo que te quedaste chiquitín porque no me plantaron en San Martín’. Volviendo al programa de Motos, le escribimos para contarle que la poda se hace con las lunas menguantes y tiene su base científica, cuando la luna mengua la sabia del árbol está abajo y si lo podas no le quitas el vigor. En la ciudad da igual si hay luna menguante o no porque además no la ves, pero aquí sí. No nos contestó…

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Vista aérea del complejo rural y alrededores de la finca.

Mi entrevista, que iba a ser más empresarial, ha derivado por otras cuestiones. Ya no es ni siquiera entrevista, es una conversación sobre la vida y me pregunto y le pregunto si le pesa el silencio. “No me pesa nada, además es que cuando no quiero silencio tengo coche, no me habría venido sin él porque nosotros vivimos en medio del monte. Pero no me pesa, cuando voy a Madrid noto el ruido y es ¡ufff! Ahora mismo lo que estoy oyendo es el agua (del río que pasa cerca de su hotel rural). El silencio… aquí te das cuenta de que se oye todo. Siempre hay ruido: el agua, los pájaros, un perro el viento…

Interrumpimos la conversación porque su marido le dice algo y aprovecho para interesarme por su colaboración en la casa rural que regenta. Y sin más preámbulos me pasa con él que asegura que su vida laboral no ha cambiado tanto porque antes trabajaba en un colegio y hoy en día sigue estando en contacto con la Cultura y la Educación, como empleado del Ayuntamiento, aunque sí se involucra en trabajos de la finca “sobre todo en el campo, porque algunas cosas requieren de más fuerza”. Juan Morán tiene 52 años, cuatro más que su mujer, y es arqueólogo aunque nunca ejerció como tal. Lo que sí ha puesto en marcha en Sendero del Agua es un concurso de relatos, “Esta noche te cuento”. “Siempre fui aficionado a la escritura y decidimos hacer el concurso en 2012, un poco como una prueba. Pero en tres años hemos recibido más de 5.000 relatos y al final, el objetivo es publicar un libro con tres relatos de cada mes del año. Los editamos nosotros y lo maquetamos y son los libros que dejamos en cada mesilla de noche de nuestras habitaciones. Si quieren comprarlo lo tenemos a la venta por un precio simbólico, 5 euros, porque no buscamos hacer dinero con ello. Es nuestro certamen literario para mesilla de noche”. Y esos relatos están empezando a calar porque según asegura “hemos tenido más de un visitante que ha venido a conocernos porque ha leído alguno. Viene, se toma un café, se da un paseo y se va”.

Esa misma inquietud cultural le empujó a poner en marcha un juego para animar a sus huéspedes a que visitaran su bosque y le llamó “El tejo mágico”. Consiste en adentrarse en el bosque de la finca y atar una cinta o un trozo de tela a un árbol de una prenda de alguien a quien quieras hacer un bien, “se cree que es el antecedente de los árboles de Navidad. Después, cuando se desata la cinta se cumple el deseo”.

Terminamos la conversación telefónica emplazándoles a que me manden alguna fotografía. Alguna semana después, aprovechando las tecnologías, me cuelo en su WhatsApp y le recuerdo que me “debe” unas fotos. Su respuesta no se hace esperar: han estado muy liados con la poda. Nueva lección: una foto puede esperar, pienso yo, un árbol no. El tiempo, allí, transcurre de otra manera y los santos, como guardianes simbólicos de una naturaleza que nos empeñamos en domesticar, solo entienden de sus propios plazos. Se sea creyente o no.

(Para ampliar las fotografías hacer clic en ellas)

Merche Rodríguez

Estudié periodismo porque quería saber qué ocurría a mi alrededor. Y además, quería contar historias. Las que salen de la cabeza de un novelista, me encanta leer y escribir sobre lo que he leído, pero también las humanas, las que vemos todos los días de personas con las que nos cruzamos, conocidas y anónimas. Creo que los medios digitales no son el futuro, son el presente y han llegado para quedarse. He tenido grandes maestros y vivo en un estado de formación continua porque lo que me apasiona realmente es aprender. Si quieres saber algo más de mí, puedes averiguarlo aquí.

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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