Lejos del paraíso

Más allá de la pantalla

Lejos del paraíso

Escribió Marcel Proust que “no hay paraíso hasta que se ha perdido”; aunque a alguno pueda parecerle una afirmación demasiado rotunda, en la inevitable mirada atrás en el tiempo de la que nadie se escapa vamos constituyendo una constelación de nostalgia sobre paraísos sensoriales y afectivos ya inalcanzables desde la distante atalaya de madurez desencantada donde la vida nos emplaza en la edad adulta. Este ejercicio de huida del sentimiento presente en pos de ciertos ecos del ayer que han alimentado el hogar de emociones dichosas que atesoramos, incombustibles, en nuestro interior, no siempre precisa de un catalizador para generar tal sinergia emocional; sin embargo, hallar un agente externo que nos remueva lo suficiente como para ponernos en comunicación inmediata con alguno de nuestros paraísos perdidos, supone una de las vivencias más gratificantes que podamos experimentar. Existe un número infinito de elementos y circunstancias impulsores de un determinado descenso a algún sublimado territorio del pasado…y el visionado de un film es sin duda uno de los más potentes estímulos de esta clase de evasión íntima.

Corría la década de los ochenta (s.XX), los años de la ya extinta EGB y de los dos canales de la, por entonces, televisión única: TVE. La llegada de cada viernes significaba el alcance de un horizonte soñado que anticipábamos a medida que iban transcurriendo los días lectivos. La tarde de ese día en el que todo parecía posible se nos presentaba como umbral de aquellas inabarcables posibilidades que únicamente veíamos factibles en el remanso de libertad que para nosotros significaba la vivencia del fin de semana. Las meriendas de los viernes tenían un sabor distinto a las de los días anteriores: sabían a ilusión y lances de ingenua fantasía. La sintonía del “Un, dos, tres” constituía la banda sonora de muchos de aquellos anocheceres y el subconsciente hacía que la asociáramos naturalmente a todo ese ritual de pequeños detalles que conformaban el término temporal de las obligaciones escolares.

DAWN OF THE PLANET OF THE APES

En aquella edad temprana no atraía nuestra atención un programa que había en la segunda cadena (el tan denostado UHF) llamado “La Clave”, capitaneado por José Luís Balbín, espacio de debate que siempre utilizaba una película como punto de partida al tema que se cuestionaba; de vez en cuando pillábamos alguna de sus propuestas fílmicas a medio empezar, aunque raramente la veíamos hasta el final. Sin embargo, hubo un viernes en el que por esos sugerentes caprichos del destino un accidental cambio de canal nos enfrentó a la inquietante partitura disonante con la que el gran Jerry Goldsmith musicó los títulos de crédito iniciales de El planeta de los simios (1968) y ya no pudimos apartar la mirada de la pequeña pantalla hasta que la imagen mítica de Charlton Heston derrumbado frente a los restos de la Estatua de la Libertad calcinó nuestras retinas, perturbándonos de un modo inimaginable.

El Amanecer del Planeta de los Simios_ed050_0030_v330 - copia

Esa semana se debatían las teorías darwinistas de la evolución de las especies y la fascinante a la par que inquietante adaptación cinematográfica de la novela homónima de Pierre Boulle que dirigió con mano maestra Franklin J. Schaffner no sólo ilustró a la perfección las bases del coloquio, sino que nos aproximó a una de esas obras capitales de la Historia del cine, poseedora de una perenne e inimitable capacidad de embrujo en su desconcertante individualidad artística. Más allá de lo subversivo de su temática, con ese pavoroso planteamiento de inversión de roles entre hombres y simios, de la modélica y acerada orquestación que hizo Schaffner de todos los departamentos artísticos implicados en la película y del revolucionario y oscarizado trabajo de maquillaje obra de John Cambers, El planeta de los simios atrapaba y atrapa por capacidad hipnótica de arrastrarnos hasta una esfera de conciencia donde lo establecido como real se combina de manera turbadora con lo hipotéticamente posible.

Después de este impactante bautismo en el universo de estos peculiares simios, fuimos visionando a lo largo de los años otras películas que se hicieron como continuación de este clásico, otros cuatro filmes que completaron lo que se dio en llamar “la saga del planeta de los simios”: Regreso al planeta de los simios (1970), Huida del planeta de los simios (1971), Conquista del planeta de los simios (1972) y La batalla por el planeta de los simios (1973). Sin llegar nunca al grado de excelencia del título matriz, y rozando muchas de ellas una desprejuiciada mediocridad cinematográfica, las películas referidas eran divertimentos cuyo común tono lúdico radicaba en la familiaridad entrañable a la que había quedado reducida la fantasía primigenia de la que derivaban.

Tras el fallido y decepcionante intento de Tim Burton por reverdecer laureles en 2001 con un remake que decepcionó a los seguidores de la saga y a los admiradores del cineasta, hubo que aguardar otros diez años para que con el estreno de El origen del planeta de los simios (2011) se abriera un nuevo cauce de disfrute festivo de la tradición “simiesca” en el séptimo arte. Además de contar con unas técnicas de animación por ordenador para la creación de los simios que se beneficiaron no sólo de lo ya experimentado en la trilogía de El señor de los anillos sino también del talento del actor Andy Serkis para insuflar alma a cuanta criatura encarna en la gran pantalla (a él debemos, más allá de las palabras de Tolkien, la hondura psicológica del Gollum de la monumental obra de Peter Jackson), El origen del planeta de los simios se significó en tono e intenciones como un acertado ejemplo de obra sin pretensiones pero portadora de un cariño palpable por aquello a lo que homenajea.

“El origen del planeta de los simios y El amanecer del planeta de los simios constituyen auténticos catalizadores de evasiones íntimas que, aún en la edad adulta, dan una reconfortante calidez a nuestro ánimo endurecido (y, tal vez, nos hacen más humanos)”

Este 2014 ha alumbrado un nuevo título que sumar a esta remozada saga de los simios: El amanecer del planeta de los simios, película que continúa el camino emprendido por su antecesora, y que, aun portando una concepción argumental más espectacular en ningún momento de su entretenido metraje deja mermar la afectuosidad que destilan sus imágenes hacia la tradición de ciencia ficción cinematográfica a la que rinde pleitesía. Andy Serkins y el resto de los actores-simios anegan la pantalla de una humanidad reconocible y cómplice, y en el clásico mensaje moral acerca de lo fácil que es corromper cualquier forma organización social que se aproxime a la de los hombres hallamos una simpática conexión con los aleccionadores toques de alarma del género fantástico tradicional. Internarnos en El amanecer del planeta de los simios es, para quienes pertenecemos a cierta generación, aterrizar en un mundo de sensaciones del ayer en donde la ingenuidad de nuestra mirada hacía de una sugestiva ficción el emplazamiento ideal de nuestra imaginación. Y para aquellos jóvenes que se aproximen a este film, resulta fácilmente entendible que con el discurrir de los años el goce entrañable que experimenten con esta revisitación de la saga del planeta de los simios se convierta en uno de sus pequeños paraísos perdidos.

El origen del planeta de los simios y El amanecer del planeta de los simios constituyen auténticos catalizadores de evasiones íntimas que, aún en la edad adulta, dan una reconfortante calidez a nuestro ánimo endurecido (y, tal vez, nos hacen más humanos).

Óscar López y Pablo Vilaboy

Óscar López y Pablo Vilaboy

Más allá de la pantalla

Óscar López

oscar lopez

Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Pablo Vilaboy

pablo vilaboy

Aunque con menos predicamento que el Mediterráneo en esta España nuestra por aquello de que a Serrat no se le ocurrió dedicarles una canción, las aguas del Atlántico avivaron desde muy joven mis ansias creativas y de ese estímulo bravío y libertario se derivaron querencias literarias, teatrales y cinematográficas que finalmente se han traducido en el escritor que soy: un tejedor de historias, ideas y sensaciones que, aun coqueteando con la dramaturgia, guarda total amor y lealtad a esa ventana abierta a otros mundos que es el séptimo arte.Facebook

 


Fotografías vía Fox.

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

Share This Post On
468 ad

Submit a Comment