Tres mentiras. Que ningún robo quede impune

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Bilbao, 1971: tras las paredes del piso que ocupa la institución El Consuelo, dirigida y centralizada en la figura de una religiosa, sor Inés, son recluidas tres adolescentes para esconder el que entonces es pecado nefando, vergüenza social inasumible por cualquier familia que se pretenda católica, estigma que la moral reinante grabaría a fuego tanto sobre ellas, las futuras madres solteras, como sobre el fruto de su embarazo. La organización (en realidad, la monja y unos cuantos cómplices, sobre todo en lo que a mirar hacia otro lado u ocultar la verdad se refiere) se encarga de buscar un “buen hogar” a las criaturas, “unos padres que los quieran y acojan”, “garantizar un futuro”, falsificando partidas de nacimiento, percibiendo pingües beneficios de lo que se pregona como obra de caridad, mercadeando con seres humanos. La triste realidad de los niños robados llega a los cines españoles en lo que supone el debut en el largometraje de ficción de Ana Murugarren, la reputada montadora y directora de un documental como Esta no es la vida privada de Javier Krahe (2005) o de una miniserie como El precio de la libertad (2011). Con sus colaboradores más habituales (el productor Joaquín Trincado y el guionista Luis Marías), Murugarren da voz, pone rostro a las víctimas, centrando la historia en la búsqueda de sus orígenes que lleva a cabo Violeta, a la que da vida Nora Navas, tras conocer por la que ella siempre había considerado su madre que, en realidad (así se lo confiesa en el lecho de muerte), fue adoptada tras una transacción comercial en la que ella era la mercancía.

No es una película de denuncia –explica Joaquín Trincado-: se han primado los elementos de thriller, de misterio, para que la visión sea sencilla y la carga de profundidad se imponga por sí misma, sin énfasis”. En ese sentido, la directora hace hincapié que lo que ha querido reflejar es “la indefensión, el atropello sufrido por tantas mujeres; es una historia tremenda que te deja sin capacidad de respuesta, no puedes comprender cómo algo así pudo suceder, responde a esa necesidad de poso social que siempre me ha gustado tenga mi cine. Lo más terrible es que era algo que se sabía, que se aceptaba como si fuese lo natural: había muchos cómplices amparados en el silencio, en la supuesta misericordia”. Evitando el maniqueísmo e incluso los juicios de valor, definiendo por los hechos, las actitudes, los resultados de las mismas, la película deja al descubierto el tráfico de seres humanos que personas deseosas de ser padres consentían y sustentaban, al no hacer ni hacerse preguntas a la hora de desembolsar una cantidad considerable de dinero en un piso y salir del mismo con un bebé en brazos: “Durante el rodaje, raro era el día en que no se nos acercaba alguien que conocía o le afectaba el asunto –cuenta Ana Murugarren- lo cierto es que no fui consciente de la magnitud del mismo hasta ese momento”.

La ganadora del Goya por su impactante interpretación en Pa negre (2010), Nora Navas, no tuvo dudas a la hora de implicarse en el proyecto: “Por un lado, era un cambio de registro con respecto a mis últimas interpretaciones, no se trataba tanto de algo emocional como de ejecutar acciones, mi personaje es muy lanzado, incluso un tanto alocado y eso me permitía sacar a la payasa que llevo dentro”. Su parte es menos dramática de lo que pudiera esperarse en un filme de este tipo, en claro contraste con el pasado, con lo sucedido en El Consuelo: “Para nosotros –aclara Joaquín Trincado- era fundamental que hubiese partes con sentido del humor, especialmente en la relación entre Violeta y el policía, para dar más fuerza al drama vivido por esas tres muchachas”; precisamente, la protagonista afirma que “me atrapó ese tono exento de solemnidades, no hace falta”. Ante las voces que piden silencio, se dan por aludidas, se ofenden, niegan estos hechos, declaran con frialdad que esas mujeres tuvieron lo que se merecían, la directora considera que “eso está en parte en la película a través de las trabas legales que se le ponen a Violeta para su investigación, del modo en que las gentes poderosas se protegen y no se comprende la necesidad de cualquiera de saber quién es en realidad. De todos modos, me gustaría aclarar que, aunque nunca sabes qué puede llegar a molestar a quién, nuestra intención no ha sido esa: hemos puesto toda la sensibilidad en, sencillamente, hacer justicia con los más débiles, contando lo que pasó”.

Óscar López

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Siempre me fascinaron las historias, llegasen en el formato que llegasen, ¿quién iba a decirme que me convertiría en narrador, en transmisor de las creadas por otras, en autor de las propias? La comunicación es mi pasión, me atrevería a decir una necesidad, y poder darle rienda suelta sin cortapisas ni fronteras gracias a Internet se ha transformado en un goce, más que en una herramienta de trabajo.Facebook

Escrito por Merche Rodríguez

Author: Merche Rodríguez

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